1/3                                                                                  INTRODUCCIÓN                                    por Juan Antonio Barceló Rodríguez

 

 

Juan Barceló Rosselló (Palma de Mallorca, 1925 - Madrid, 2003) tuvo, sin duda, una gran pasión: la pintura.

Llegó a Madrid siendo un niño, y, de joven, acudió a la Escuela de Artes y Oficios, donde recibió una primera formación artística; después, siguió su camino de forma autodidacta.

Visitante asiduo de las galerías de arte, conoció y siguió la obra de sus contemporáneos: Benjamín Palencia, Rafael Zabaleta, Agustín Redondela, Díaz Caneja, Martínez Novillo, García-Ochoa, Alvaro Delgado, Vaquero Turcios…
Admiraba al Greco, a Goya, a Gutiérrez-Solana, a Chagall…,  y por encima de todos, a Vincent Van Gogh, su ídolo.

Partidario entusiasta de la pintura au plein air, recorrió, con su caballete y su caja de pintura, muchos rincones de España, y con más frecuencia, aquellos muy queridos de sus campos de Castilla y sus tierras de La Alcarria.
Solo o acompañado, a pie, en coche, o en autobús de línea, buscaba con la mirada a su modelo mudo y esquivo: el paisaje humanizado; allí donde lo vislumbraba, plantaba su caballete, y comenzaba entonces su particular batalla contra el lienzo (o tabla, u hoja) en blanco; batalla que - como hombre modesto y artista exigente - no creía poder ganar claramente. En su caja de pintura llevaba escritos unos versos de Gabriela Mistral: “De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios,  que es la Naturaleza “

Fue fiel durante muchos años al óleo, ya fuera sobre lienzo o sobre tabla, al principio aplicado con pincel, y más tarde, con espátula. En su última y fructífera etapa, utilizó sobre todo barras de cera y de pastel, a menudo sobre papel de lija grado doble cero.
Con dibujo sencillo pero eficaz - puro trámite - y composición equilibrada, y desde una figuración que se acercaba a la abstracción, todo quedaba supeditado al poder absoluto del color, la verdad que prevalece.

Si hubiera podido dedicarse en exclusiva a la pintura, bien podría habérsele incluido en la llamada Escuela de Madrid, heredera natural de la Escuela de Vallecas.
No pudo ser.

Una mínima parte de su obra cuelga de paredes amigas y familiares, el resto duerme en la oscuridad de un trastero.

¿Cuántas Vivian Maier quedarán aún por descubrir?  

 

 

 

 

 

 

2/3                                                                          CUANDO CONOCÍ A JUAN                                      por Carmen Alamillo Sanz

 

 

  Cuando conocí a Juan, me llamó la atención su vitalidad y su pasión por la pintura. Él pintaba con la misma intensidad con la que vivía y siempre que el tiempo le dejaba, cogía sus trastos (caballete, pinturas...), el abono transporte para “jovencitos” e iba en autobús a la búsqueda de algún rincón de la naturaleza que le gustase lo suficiente como para intentar atraparlo, usando para ello como soporte un rectángulo de papel de lija y unos pasteles de colores vivos, sobre todo el azul, que no faltase el azul, como los ojos de su Carmen. Casi siempre lo conseguía, lograba trasladar al papel la fuerza, la intensidad, lo inmenso de la naturaleza, y lo hacía porque él poseía esas características, también era intenso, grande y lleno de vida, como ella.

 

 

 

 

 

 

3/3                                                                   ELEGÍA PARA UN HERMANO BUENO                      por  Antonio Barceló Rosselló


Hermano Juan,
hermano machadianamente bueno,
hermano del otro Juan que me enseñaste a amar como a ti.

Esta es la injusticia de la vida, pero para nosotros,
que nos quedamos aquí sin ti.

Tú estás en ese más allá, ya transcendido por puro y por bueno.
Estás ya con los tuyos:
Vincent, Pablo, Paul, Juan, Paco Goya,
y estás viendo a tu Carmen,
a nuestros padres y hermanos, familiares y amigos.
Con tu amigo Hector Maravall, eterno parlanchín,
y tantos otros.
Diles que posen un momento,
porque vas a hacer el cuadro cumbre de tu vida;
y para ello te llevas todos tus trastos - ¡Oh, maravillosos instrumentos! -
y los plasmarás en tu más bella obra.
Y ellos verán, a su vez, hermano Juan, que tú fuiste, eres y serás la más bella obra de la creación humana.

Porque no hay dioses, aunque tú los llamabas así; sólo hay hombres,
y tú eres tu propia obra.
Con el otro Paco, el de los chistes y el de la poesía más profunda,
te digo  - Juan hermano - lo que él decía en “Amor más allá de la muerte”:
“Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado”,
como tú.

Adiós y hasta pronto,
y, por favor,
cuando me toque a mí incorporarme a vuestro ensueño
¡¡déjame llevar otra vez el caballete, como en los buenos y mejores tiempos!!

Adiós, Juan, hermano,
adiós.


(Escrito por Antonio Barceló Rosselló y leído por él mismo en el entierro de su hermano, el domingo 3 de agosto de 2003, en el cementerio de Carabanchel Sur, Madrid.)